Cristina Savid
Psicoanalista

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AUN…LA INFANCIA
Ps. Cristina Savid

Trabajo presentado en las Jornadas “Clínica psicoanalítica con niños”

realizadas en Octubre de 2003, organizadas por la Secretaría de Estudios

de Postgrado de la Facultad de Psicología de la U.N.R., con motivo de

la presentación del Programa de Formación de Postgrado “Clínica con Niños”,

a iniciarse en el año lectivo 2004.

Estamos transitando unas Jornadas: “Clínica con niños”. Y también celebrando el porvenir de un curso de Postgrado. Es una convocatoria y tal vez no sea sólo una manera de comenzar sino una invitación a reflexionar sobre la clínica, como práctica que supone una producción.

La práctica del Psicoanálisis con los niños nos recuerda que no hay realidad pre-discursiva, por lo tanto cuando hablamos del niño se trata del niño en la estructura discursiva. De aquí que la infancia remite a una temporalidad, no como tiempo cronológico sino como tiempo lógico de la estructuración subjetiva, durante la cual los padres y los hijos deben atravesar la pesadilla de desprender (se) y ocupar un lugar en el mundo.

En “Esquema del Psicoanálisis”, Freud planteaba que en los análisis tempranos nos confrontamos con un YO inacabado o endeble que se defiende de los peligros “internos”, ya que de los externos lo defienden los padres”. Ahora bien: lo “interior”, ¿es innato o genético?, ¿se puede convertir lo interior en una amenaza “exterior”? ¿Qué estatuto tiene lo exterior?

Si tenemos que considerar una necesidad para el niño, será la de contar con un discurso, habitar en el “decir parental”.

Antes de existir en sí mismo, por sí mismo y para sí, el niño existe en el discurso. Se habla de él antes de nacer, se elige su nombre, “se ilusiona un hijo”. Podemos invertir el axioma cartesiano y decir “soy pensado, luego existo”. La lengua le anticipa la temporalidad en la existencia y en lo biológico. Estos significantes que lo nombran en su “ser” de sujeto lo alienan, “otro piensa por el niño”, por lo tanto el cuerpo no nos es dado, nadie pide nacer. Entra en la vida convocado por otros, es llamado a ingresar a la vida sin pedirlo ni esperarlo. Entra en la vida en una posición masoquista, ya que:

Es acariciado: con el amor de otro. Con el miedo de otro. Con la indiferencia de otros, con su odio, con su erotismo.

Es tocado: con el olor, con el arrullo, con la mirada.

Es objeto de la pulsión invocante y escópica de otro. Pero para el niño no hay “el otro”, en el inicio es un “todo”, no hay “mi”, “soy”, ni “me”.

Hay: tocan-tocado, escuchan-oído, miran-mirado, acarician-acariciado, pegan-pegado.

Sujeto acéfalo y verbo sin conjugación. Tenemos entonces un tiempo temprano en la constitución de la subjetividad que es indecidible: la actividad del otro que mira y el mirado.

Quiero aclarar que esta posición no la pienso como pasiva para el niño sino a la inversa, en este “mirado”, “olido”, inscribe impresiones poderosas que lo ilusionan de una completud que él no posee; con estos ofrecimientos (mirada, voz, aromas, tacto) el otro materno lo engaña y le introduce el “Narcisismo primordial”. Durante algún tiempo el niño no podrá apropiarse de la profunda división de la madre y él: reconocer que estos objetos no le pertenecen, que compensan esa carencia primordial que es la falta de objeto natural.

Esta compensación se cumple siempre que la madre realice un clivaje entre su cuerpo y el objeto que dona (objeto “a”). “El don no pone tanto en juego el valor del objeto como su circulación. El don endeuda a quien lo recibe”1.

Este tiempo indecidible, es de intensa actividad psíquica para el niño pequeño, ya que los “sucesos de los primeros años infantiles dejan huellas indelebles en nuestra alma”2.

El otro que mira y el mirado hacen desprender “la mirada” como objeto “a” circulando entre madre e hijo. Es un tiempo de masoquismo erógeno. Este tiempo primordial coincide con la posición de objeto del deseo del Otro. este exterior, “lo otro”, que con violencia lo introduce en el APREMIO de la vida es para el recién llegado “lo extraño”, “lo desconocido” pero que por ser sostén del “existir” se convierte en lo más íntimo y familiar.

En el tiempo del masoquismo no hay sujeto que mira la escena, no hay ligadura a los nombres ni a los padres. No hay padre ni madre. esta pasividad a la vez que transmite autoridad, eso que el otro dice, es lo que lo autoriza a actuar: “¿Tenés hambre?, vas a comer”, crea la necesidad y el deseo.

En este tiempo primordial, arcaico, se imprimen imágenes sin texto visualmente recibido. Enigmas de infancia. Sobre el comienzo de la vida nada puede decirse si no es por el relato de los padres con su consiguiente carga subjetiva, de aquí que se torne enigmático.

Desde el exterior impacta lo visual y las palabras, siempre que éstas estén cargadas de intención y convicción, de afecto, cargadas de sentido, no solo como “cosa-abstracta”, puro significado o puro concepto. Para que lo real del lenguaje se inscriba como discurso, el Otro tendrá que dar su tono, transmitir no sólo la gramática, también metáfora, ya que las escenas que montan los padres cuando tocan y hablan a su hijo están modeladas con lo que resta de infancia en ellos y con esos gestos, berridos, pataleos y reflejos arcaicos del recién llegado.

Esta ligazón de lo que es signo en el niño y significación en los padres, hace que el cuerpo del niño sea un lugar de anudamiento y lazo con el antecedente, lugar donde los progenitores recuerdan el cuerpo del niño que han sido y está irremediablemente perdido. El cuerpo del hijo es ese escenario donde pueden verse en lo invisible, verse donde no son, verse donde no están. Sobre este escenario se articula un antes y un después y se pone sobre el tapete lo que Martín Heidegger llama irreversibilidad del tiempo, que remite a lo imposible: la perdurabilidad y la inmortalidad.

El tiempo de la subjetivación será un advenir que ocurre como futuro siendo y como “pasado sido”. El tiempo de la subjetivación será un advenir siendo sido.

El presente así se pierde en un después que significa “antes sido”. La irreversibilidad del tiempo se instala si se da este juego entre: “el niño que habré sido” con “el niño que mi hijo dejará de ser”. Esta irreversibilidad temporal o duelo bifronte, es la bisagra necesaria para que un niño ingrese en la neurosis infantil. Tenemos entonces neurosis e infancia.

Freud plantea en “Tres ensayos”, que  la infancia es “tiempo anterior”, pre-histórico, que oculta los comienzos de la vida sexual. En la Conferencia Nº XXIII, ubica a la Neurosis Infantil sin diferido temporal, la menciona como una neurosis de la primera época y hace hincapié en el encuentro con la sexualidad, planteando que toda la neurosis es consecuencia de este encuentro.

La carencia real, entonces, de cualquier humano es que al nacer se encuentra con la sexualidad de los padres y su neurosis infantil en su estado actual.

El niño se encuentra de entrada ante la encrucijada de una elección: ser o no ser el niño eterno de sus padres. Está forzado a responder desde uno de los dos lados de la sexuación y es forzado porque requiere de una respuesta urgente. Testimoniar hoy lo que será mañana cuando todavía no tiene posibilidad del acto que en eso lo sitúa. Esta encrucijada remite al niño a la transformación directa de la sexualidad en “Angustia” sin el recurso de la representación. Pero ¿angustia de qué? ¿De dónde viene la angustia? Por ser angustia de separación, viene de ninguna parte. Es temor al desprendimiento y simultáneamente agresividad cuando el otro no lo tolera: “Te quiero cerca pero cuando te acercas quiero que te alejes”.

Freud se encuentra con la cuestión de la fobia cada vez que menciona la Angustia y la etiopatogenia de la neurosis. La fobia revela la angustia ante la separación, ante la castración, ante el doble duelo que tendrán que transitar padres e hijos. Este duelo lo convocará a un linaje “eres tú que me seguirás en la cadena de generaciones”. Dicho de otro modo, el niño de hoy es el padre del mañana y lo habilitará en ese deseo humano que es crecer y ser grande.

De este modo, este relevo hacia la generación que sucede es límite y borde a la fobia, abriéndose para el niño el espacio de “lo privado”, sus construcciones, sus ficciones, “su imaginario”. Utilizando una ocasión del presente para proyectar conforme al modelo del pasado una imagen del porvenir y jugará a ser ese bebé que ya no es, o a ser grande.

Podrá escandir el tiempo en antes y después y darle sentido a los infinitos. “Esto no se hace” – “Esto no se toca” – Eso no se debe”. Nace  un “lector” de aquello que se ha escrito en su cuerpo, siendo lo escrito el cuerpo mismo.

Nace el deseo por saber a qué apuntaban esas sanciones y a cuestionarlas. Pone en tela de juicio la palabra del otro, arma “su pensamiento” y se lo entrega al modo de : “¿Por qué me dices esto?”.

Ningún sujeto es suponible por otro excepto por la palabra. Cuando un niño puede hablarle a otro transfiere su pensamiento. Esta inversión de posición del niño de ser objeto del habla del otro a “sujeto activo de la lengua”, produce en los padres angustia de separación, por lo tanto no podemos plantear el abandono de la infancia como una cuestión de maduración biológica o desarrollo de una etapa a otra, “ser o no ser el eterno niño”, no es solo cuestión del hijo.

El salvoconducto a pertenecer(se) dependerá de la chance que los padres ofrezcan a que se produzca un intervalo, una amnesia, un tiempo en que se silencien los significantes amos y nazcan los del niño, sus “versiones” sobre la muerte y la procreación que, en un principio, se hacen presente bajo el estatuto de “teorías”.

Este corte es un duelo y una donación, porque la amnesia implica perder lo que “habré sido”, ese objeto de pulsión. Esta pérdida es por la vía del “olvidar” en el sentido de “oblitare”, acción iterativa que evoca la repetición. Por lo tanto “olvidar”, tal como Freud lo plantea en “Recuerdos encubridores”, es: “aplazar, perder, deformar, soterrar, es trabajo del aparato psíquico donde encontramos la dirección de lo que se olvida”, es un “trabajo” que paradójicamente significa que se realiza para que no se piense en eso. Entonces olvidad será reprimir lo infantil en el sentido de MEMORIZAR. Esta pérdida es conservación de lo que alguna vez  se ha formado pudiendo volver a surgir en “condiciones favorables”3. Perder equivale a permanecer.

Para Freud, la represión (Verdrängung) es sostenida como un modo peculiar del olvido. Este modo de memoria es el Inconsciente. Memoria y olvido en una relación de contigüidad.

Será la amnesia infantil esa preciosa experiencia de “olvidar” que no somos los autores de lo que decimos, olvidar que no somos causa de lo que hablamos. Atemporalidad del Inconsciente. Pero esta amnesia es la ilusión y el motor para que el niño arriesgue “su palabra verdadera”, que entre en el placer del “equívoco” y olvide que eso ya fue dicho o pensado por sus padres. Este olvido mantiene la lengua en movimiento. Podemos afrmar que habrá que olvidar para hablar.

Cuando un niño no cuenta con esta disipación de grabar y borrar, la infancia va a responder con la angustia enmarcada en el campo del otro, amparado en el Fantasma materno. Es por eso que la clínica nos enfrenta con niños que están atrapados en un incesante intento por olvidar (se), retrasados, sin conseguir coherencia en su lenguaje o intentando apropiarse de su cuerpo, buscando una distancia con la sexualidad parental.

 Voy a relatar un fragmento de un caso clínico.

Una madre consulta preocupada por su hija de 3 años. Dice que no habla, que señala y a veces dice TA o PA. Que no controla esfínteres, tiene terror al inodoro, que no la deja hacer nada sola. “Siempre atrás mío”. “No me pierde de vista”. “No se queda con nadie”. “Señala lo que quiere, si no se lo alcanzo lo busca o llora desconsoladamente”.

Motivo por el cual hasta el momento no ha podido permanecer en el Jardín ya que frente a cada intento “hace rabietas que no tolero”, dice su madre.

Continúa con una descripción minuciosa de la hora en que se levanta, duerme, cuánto y qué come, y agrega que ella le enseña a hablar pronunciando como corresponde “-Nada de hablar como a un bebé”, afirma categóricamente.

Comenta que nació después de muchos años de casados y que ya creía que no iba a poder tener hijos. También agrega que su esposo no vino porque trabaja casi todo el día y además no cree en los psicólogos. Le digo que venga con Ana.

Llega a la entrevista con su hija calzada en su torso, de forma que su cara estaba en dirección contraria, encontrándome con el rostro de la madre y la nuca de la niña, vestida al modo de una muñeca con sombrero y bolsito (Sara Kay) diciéndome la madre: “No va a ir con Usted”.

Doy vuelta hacia la espalda de la madre buscando extraer un objeto de enlace con Ana y construir con la niña ese “objeto mirada”; presentarle la posibilidad de verse capaz de hacer asequible el lenguaje.

Le digo que me llamo Cristina, que vamos a conversar, se produce un largo silencio hasta que le madre dice: “¿Entro?”.

Comienzo a caminar hacia el consultorio, dejo la puerta abierta y dirigiéndome a Ana le elogio el sombrero. La madre acota: “-Me encantan, pero ya nadie usa sombreros”.

Continúo hablando con Ana le digo que me gustaría mostrarle mi casa. Tomo a Ana de los brazos, la desprendo del cuerpo materno, la madre no hace movimiento alguno para facilitar esta intervención.

Con gesto de desconcierto dice: “Si mi papá la viera...” No contesto y continúa: “-él se murió un mes antes de nacer Ana”. “Se murió el único que me quería”. Se aleja del consultorio.

Queda Ana en el consultorio. Observa cada objeto y luego con sus manos barre lápices, hojas y algunos juguetes. Señala con insistencia el reflejo del sol en el vidrio de la puerta.

En otra entrevista se refugia nuevamente en la falda de la madre. La tomo con mis brazos y frente a esta acción dice la madre: “Yo también era introvertida…no me tenían paciencia”. Lo dice siguiéndome camino al consultorio, sin pausa, sin ubicación del lugar (la sala de espera). Le digo que podemos seguir con lo que está diciendo en otra entrevista, que ahora voy a trabajar con Ana. Mi intervención analítica apuntó a introducir cortes que hagan borde.

Con Ana jugamos, dibujamos juntas con lápices de diferentes colores, yo con un color y ella con el otro color. “Lo tuyo y lo mío”. Luego fueron apareciendo preguntas orientadas a cables, enchufes (¿curiosidad sexual?) y miedo a los veladores. Con este miedo vamos construyendo escenas, armando historias. La lamparita se va transformando en la cabeza de un muñeco. Esta forma de rechazar un goce produce en Ana efectos, van esbozándose juegos más organizados.

Su madre me comenta que está controlando su analidad –usa el inodoro- pero que no quiere ensuciarse las manos. Entiendo que estos mecanismos obsesivos mantienen un parapeto defensivo pero ha desaparecido el terror al inodoro; su cuerpo se va integrando y tomando “presencia”, hace oír algunas palabras que designan cosas.

Alternativamente trabajo con la madre, abriendo un espacio para que despliegue “su resto infantil”. Que pierda sus objetos primordiales y haga participar a Ana como hija en una nueva versión triangular. Jean Allouch, en su teoría del duelo, plantea que se puede hacer un duelo del objeto en la medida en que “yo” pueda reconocerse como aquello que le falta al objeto.

Ana lo que no ocupaba era ese lugar en el imaginario materno de hacer falta. hacer falta en la madre equivale a desprender(se) de una parte de sí y donarle a Ana el tributo fundamental de la esencia humana, el pro de la genitura –un padre-.

Hasta ese momento Ana estaba cautiva en una escena ajena, sin protagonismo, como pieza de sombra de la madre, genitura sin sucesión, sin herencia.

Llamo al padre de Ana. Viene y me dice: “¿Así que usted me quería conocer?”. Despliega sus conceptos sobre la Psicología.

Agrega además: “Los hijos son cosas de mujeres”. “Prefiero no ocuparme de ana: es nena”.

Esta diferencia ética entre hombre y mujer no se homologa con el ser padre o ser madre, por lo tanto dificulta la separación madre-hija.

Este modo de presentarse no denuncia rasgo de paternidad. Para un niño el padre es instaurado como Nombre por la madre, es ella la que lo inscribe en un lugar simbólico. No es lo mismo “un hijo del padre” que “el padre de su hijo”. En esta mujer no opera “la niña que habré sido”.

Para que un niño abandone el lugar de objeto hablado por otro e incorpore el lenguaje hablando a otro, haciéndose escuchar y escuchándose, tendrá que ser invitado a participar en un linaje, en una cadena de transmisión generacional que garantice la exogamia: que en la madre opere la Castración suficiente para que la habilite como mujer deseante y Otro primordial, promoviendo discontinuidad entre su cuerpo y el de su hija. Sólo por este sesgo podrá extraer un rasgo propio “su palabra plena” que puede ser: en dibujo, en juego u otro grabado de sí mismo. En ana esta separación se dificulta porque la madre habla desestimando la presencia de Ana, no la supone capaz de intercambiar palabras, de dialogar.

Además, no se produce la erotización tocan-tocada, esta niña está tocada y tomada en el cuerpo materno cual encastre, en posición pasiva de aquel que si bien ha nacido biológicamente “aún no ha nacido como alguien sujetado a una historia”. El cuerpo materno no es irrestricto, por el contrario esta niña camina con las piernas del otro y habla con las palabras del otro, sin la discontinuidad necesaria para que extraiga “su voz” y “su marcha”.

Un niño podrá transitar la infancia si porta rasgos de cada uno de sus padres. Ana era “idéntica a sí misma”. En su madre persisten acontecimientos infantiles sin memoria. Cuando el olvido no opera en alguno de los padres, no se construye el “él mismo”4 en el niño.

La madre de Ana persiste aún alienada, en posición de objeto. Esta posición hace que las demandas de su hija la enfrenten con una vivencia de vampirización que se hace evidente cuando desestima en el mensaje de Ana otra cosa de lo que ésta dice, no da lugar al equívoco…le enseña a hablar.

A modo de conclusión, la consideración del síntoma debe ser analizada con cautela. No anticipar operaciones correctivas, pedagógicas o medicamentosas.

La clínica con niños nos da de frente con la Angustia de Castración que los que rodean al niño suelen interpretar como síntomas o síndromes: “tiene enuresis”, “tiene fobias”, “tiene mutismo”, etc…

El fenómeno es lo que hace signo pero que, aún, no se ha constituido en saber acerca de lo que denuncia.

En este caso ana sella con su cuerpo una verdad oculta en la subjetividad materna, por lo tanto más allá del lugar que ocupen los padres en la infancia del niño, es de relevancia en nuestra clínica aquello que los ha marcado a ellos en su infancia.

 La tragedia no será la enfermedad sino la ruptura de un linaje.

 

¿Quién mostrará un niño tal como él está?

¿Quién lo subirá a las estrellas y le dará en la mano la medida de la distancia?

¿Quién amasará la muerte de u niño con ese pan oscuro que se endurece,

o lo dejará dentro, en la boca redonda,

como el corazón de una hermosa manzana?

Fácil es adivinar a los asesinos.

Pero esto: albergar la muerte, toda la muerte, así, tan dulcemente,

todavía en el umbral de la vida, sin una queja,

eso es indescriptible.

 Rainer maría Rilke – “Elegías Duinesas” Cuarta Elegía (fragmento) – Antología Espasa Calpe

 

NOTA 
1-       Marcel Gauss. “Ensayos sobre el don”
2-       FREUD, S. “Sobre los recuerdos encubridores”
3-       FREUD, S. “El malestar en la cultura” Cap. I
4-       LACAN, Jacques. Seminario III “Las Psicosis”. Pág 284. Lacan relaciona el “él mismo” con la identificación.